porque el arte era una guerra, una lucha agotadora para la cual los hombres de hoy ya no servían. Una vida basada en el autodominio y en la obstinación, una vida ardua, hecha de perserverancia y abstenciones, transformada por él en símbolo de un heroísmo refinado y tempestivo, bien podía ser calificada de viril y valerosa (...)
Así manipulaba el obcecado sus ideas, así intentaba reforzarlas y salvaguardar su dignidad.
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Me doy cuenta por qué Thomas Mann fue un genio. Abelardo Castillo tiene razón una vez más, otra vez.
Una de las cosas buenas de cruzar la barrera de los 30 años: vislumbrar la mente de quien produce una sinfonía textual como lo es esta novela corta escrita en 1929.



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